Soy una escritora dramática.

Vengo a confesar públicamente, aquí en mi blog, que soy una escritora dramática. De esas que abusan demasiado de las escenas de tensión, de giros argumentales que rompen todo lo que iba bien o era bonito, y por si fuera poco, disfruta torturando a sus personajes hasta el final. Ni siquiera me tiembla el pulso si tengo que matar a alguno de mis personajes (aunque siempre es algo difícil, oye). No importa si son secundarios o principales; si deben morir, morirán. Y yo me quedaré en mi sillón, contemplando la masacre, preguntándome qué opinará el lector cuando tenga la historia en su poder. Porque soy una escritora dramática, y me gusta serlo.

¿Algún problema?

La verdad es que no sé de dónde me nace esta faceta. Mis primeras novelas eran más tranquilas pero, a medida que crecía, me daba cuenta lo mucho que me gustaba torturar personajes de todas las formas que se me ocurrieran. Porque no siempre me gustan las cosas con altibajos normales propios de la edad de los personajes, sino que en ocasiones quería llevarlos al límite, a los buenos y a los malos, y ver dónde terminaba todo. Y una vez empecé, ya no pude parar.

Mi cara tratando de sentirme culpable sin mucho éxito.

Tengo en mi cajón novelas que, de verdad, se pasan de dramáticas. Parece que la felicidad esquiva a sus protagonistas, todos (porque algunas son historias corales) y a veces quisiera sentirme mal por ello, pero no puedo. Quiero creer que el mundo no es siempre bonito (y nosotros sabemos eso mejor que nadie) y que, aunque a veces escribo cosas divertidas, alegres, románticas y con finaces felices, también disfruto de esas historias llenas de carga psicológica, de conocimiento, de destrucción, de renacimiento, del límite de la mente y las emociones humanas. Y de cómo la vida no siempre es fácil para todo el mundo. Que no siempre existe el bueno y el malo, sino personas con propios intereses que se convierte en impedimentos para otras. Eso siempre lleva a conflictos, con uno mismo y con el resto, y me encanta explorar esas posibilidades.

No me llames cruel, solo hago mi trabajo.

¿Y por qué vengo a confesar esto? Pues porque tengo a mis espaldas más de una veintena de novelas escritas, por no hablar de relatos y novelas cortas. Algunos de mis trabajos han estado en internet y muchas de las personas que me escribían, y que aún me escriben, me acusan de ser una escritora que hace sufrir. Tanto al lector que está leyendo, como a los personajes que viven la historia. Y por más que quiero, no puedo pedir disculpas. Ofrezco lo que creo que tengo que contar porque es lo que a mí me gustaría leer. Como todo escritor, o eso pienso. A lo que vengo a referirme es que mis historias tienen drama porque creo que si todo fuese fácil o bonito, no sería tan creíble. Hay novelas así, pero siempre dejan un sabor leve en el paladar, mientras que todas las novelas que he leído que traen drama me dejan siempre un sabor agridulce que me encanta. Para ser feliz antes hay que llorar, y sufrir, y aprender. Porque solo de ese modo se aprende a valorar las cosas que de verdad importan.

¿Y sabéis una cosa? Seguiré así por mucho, mucho tiempo. Porque me encanta ser una escritora dramática, y hacer sufrir al lector tantas veces como pueda.

Seguramente mi expresión a la hora de destruir la felicidad de mis personajes.